mayo 04, 2005

Ojos de niño feliz

Me dirijo a su habitación y me paro frente a él adoptando postura corporal solemne, luego fijo la vista en la suya y permanezco así durante largos segundos, tantos que casi puedo ver en sus pupilas mi rostro reflejado, extiendo entonces mis manos hacia él como si estuviese entregando ofrenda. Solo entonces le hablo:

"Desde este momento te acompañará para siempre, será el apoyo que necesitas cuando tu caminar te lleve a senderos inestables y peligrosos. Si repentinamente pierdes pie, resbalando fuera de control, úsalo para detener la caída y recuperar nuevamente el dominio de tus movimientos, si sientes que tus fuerzas fallan y te impiden alcanzar la seguridad de aquel apoyo que parece lejano e imposible, se transformará en formidable extensión de tu brazo, una tan férrea y poderosa, que mínima superficie le bastará para sostener tu cuerpo cansado, y permitir que vuelvan las fuerzas necesarias para retomar el avance una vez más. Si espeso follaje obstaculiza la senda elegida y el ramaje intimida, levántalo ahora con firmeza, ponlo enfrente de tu rostro a la manera de escudo y avanza con decisión apartando a un lado la amenaza. Llévalo contigo siempre."


Fitz Roy


A continuación y con la solemnidad que tal ceremonia exigía, deposité en sus manos, - de la misma forma en que imagino, se entregaba la espada a los hidalgos caballeros que marchaban a las cruzadas -, aquel símbolo que esperaba yo, lo acompañase por siempre. Él lo recibió emocionado, me abrazó con fuerza y sus hermosos ojos de niño feliz brillaron iluminando la escena.

De esta forma cumplí hace pocos días atrás, el compromiso de honor que había adquirido con Vicente, el menor de mis dos retoños, Hijo del viento otoñal, como le llamé en algún escrito pasado, doce años cumplía ahora en Mayo, con anterioridad había decidido obsequiarle algo que él deseaba mucho y que para mí representaba más.


Fitz Roy


Fue en el verano pasado durante nuestra incursión a la Patagonia Argentina, en familia recorríamos aquellos maravillosos parajes junto a los míticos cerros Torre y Fitz Roy, cuando llamó mi atención la manera en que Vicente observaba el artilugio metálico que en esa oportunidad había decidido incluir como parte del equipo. Piolet se denomina, nombre extraño para quienes no están familiarizados con el montañismo y la escalada, suerte de bastón o báculo, es herramienta insustituible para quienes se adentran en los vastos dominios de la montaña y han obtenido anuencia para alcanzar sus cimas. Todo aspirante a ingresar a este reino, ansía en algún momento de su vida, poseer uno, y normalmente el primero de ellos, nos es obsequiado en rito de iniciación.


Vicente

En más de alguna oportunidad, y sin que Vicente se percatara de mi presencia, pude observar que sostenía el piolet en sus manos, seguro imaginaba las extraordinarias aventuras que le aguardaban por vivir, fue en una de esas ocasiones, cuando le prometí que pronto tendría el suyo, que hacía tiempo se había hecho largamente merecedor de tal honor. Acordamos que su cumpleaños número doce, sería la fecha para tan solemne entrega.

Entregar un obsequio, por sencillo que este sea, brindará siempre preciosa oportunidad para decir mucho sin hablar siquiera, nos permite impregnar en el objeto a regalar, toda la fuerza de nuestras convicciones y deseos más profundos, se transforma así en verdadero talismán, amuleto que concentra y amplifica misteriosas y desconocidas fuerzas benefactoras y protectoras.

En algún momento de reflexión acerca de las palabras que dirigiría a Vicente al momento de entregarle su piolet talismán, caí en la cuenta de la profunda significación de aquel símbolo, no se trataba de simple bastón metálico, sino que representaba mucho de aquello que como padre me gustaría entregarle siempre, incluso más allá de mi propia muerte.

En la vida, al igual que en las montañas existen senderos inestables y peligrosos que necesariamente deben ser cruzados para alcanzar el sitio u objetivo deseado. En aquel tránsito, muchas veces resbalamos y caemos; en el rodar cuesta abajo se pierde total control de las acciones, dominio que desesperadamente buscamos recuperar. Cuantas veces hemos deseado disponer de algún apoyo que tan solo por un momento sostenga por completo nuestros cuerpos y vidas, quitándoles el pesado lastre de lo cotidiano, cuantas ganas de avanzar protegido por formidable escudo, apartando con firmeza toda amenaza.

Estuve seguro entonces, no estaba obsequiando a Vicente un ornamento más a ubicar en algún rincón olvidado, ni se trataba de juguete a desarmar para saber que había en su interior, era, sin lugar a dudas, mi propia representación, yo mismo tomando forma de bastón de apoyo para asistirlo en la vida todas las veces que fuese necesario. Es posible que Vicente nunca llegue a escuchar de igual forma que yo, el llamado de las amadas Montañas, entiendo ahora que eso no importa, a su alcance siempre estará su piolet amarillo, aquel que con tanto júbilo recibió al cumplir doce años.

Vicente

Lo imagino caminando alegremente por esos mismos senderos que recorrí tantas veces, lo hace tranquilo, sereno, es ahora un joven. Sostiene un envejecido piolet decolorado por el paso de los años, se detiene y mira hacia lo alto, aún conserva aquellos hermosos ojos de niño feliz.

2 Comments:

At 1:43 p.m., Blogger Srta. Lee said...

Linda ceremonia. De seguro Vicentívoro la recordará con cariño, cada vez que al mirar su piolet salgan a flote todas las historias que están por escribirse.
Un abrazo, nos vemos el next wiken.

 
At 8:29 p.m., Anonymous Anónimo said...

Linda reflexión Millagui. Trataré de ponerlo en práctica algún día !!!
César

 

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