julio 08, 2003

El hombre que creyó venir del Sur


Bagual

En los confines más australes de Chile y del mundo, allá en Tierra del Fuego, aún señorean bestias formidables, son los llamados baguales, enormes vacunos en estado salvaje. En el siglo pasado, y transportados en rústicas embarcaciones por los primeros colonos, llegaron a estas ignotas tierras en donde recuperaron la libertad. Intento vano por capturarlos, finalmente huyeron para sumergirse en lo profundo de bosques y montañas. Aquí se multiplicaron, crecieron, y más salvajes aún se hicieron. Pronto olvidaron el manso pasado en las extensas pasturas del norte, y aquel indomable y bravío espíritu, - adormecido durante tantos siglos -, despertó otra vez con toda fuerza.


Fiordo Almirantazgo

Es noche de febrero, animadamente conversamos sentados junto al calor de la cocina a leña - la estufa - como suelen llamarla acá. Nuestro anfitrión es Reinaldo Catalán, el más insigne Campañista de estas latitudes, para los amigos y desde ahora también para nosotros, será simplemente Don Cata. Ni siquiera el amargo sabor del mate que bebemos, logra distraernos y absortos escuchamos los relatos, solo interrumpidos cuando el turno de aspirar la bombilla corresponde al único narrador. Afuera, el viento patagónico ruge furioso agitando árboles y mar por igual. Desde la casa, claramente se escucha, el seco golpe de las olas castigando las soberbias laderas rocosas del fiordo Almirantazgo. Miles de años atrás, sus paredes fueron labradas durante el retroceso de masas de hielo colosales. La misma luna que contempló esa dramática formación, lo ilumina ahora, transformándolo a nuestra imaginación como abiertas mandíbulas de monstruosas fauces, listas para devorar.


Caleta María

En Patagonia, campañista es sinónimo de arriero, estirpe en extinción de hombres recios y diestros, los únicos capaces de soportar el rigor del fin del mundo. En su modesto hogar, es Don Cata persona amable, sencilla y cordial, siempre dispuesto a contar una vez más las aventuras acumuladas durante más de cincuenta años recorriendo contrafuertes y estribaciones de la cordillera de Darwin, y los innumerables cajones boscosos que transforman la zona en laberinto infernal. Por más de cinco décadas fue el único habitante existente en cientos de miles de kilómetros cuadrados "es el pequeño patio de mi casa", señala soltando una risotada a estas alturas familiar. Escuchándole se tiene total certeza que esta tierra no tiene secretos para él. Hace no muchos años, se estableció aquí, en su amada Caleta María, lugar donde las aguas color turquesas del hermoso río Azopardo, se unen para siempre con el mar.


Campañista

Don Cata es del norte, las tranquilas tierras de Osorno le vieron alguna vez nacer, esas mismas tierras de donde probablemente también provienen los ancestros del bagual. Curiosa semejanza, hombre y bestia con historias tan increíblemente similares, llegaron a estas comarcas desde lejanas latitudes, despertó aquí en ambos lo originario otra vez. Desde el primer momento fueron mortales enemigos, furiosos adversarios, antagonistas furibundos, no importó la inmensidad, nunca hubo ni habrá espacio suficiente para los dos. Aquel impulso primitivo por defender el territorio les impide aceptar en sus dominios a todo competidor. Baguales y Don Cata lo son, por eso sostienen lucha que solo la muerte de uno de los dos, extinguirá.

"Varias veces lo he tenido en la mira del rifle", nos dice Don Cata refiriéndose a su enemigo, el gran toro negro de rojos ojos, "hemos estado frente a frente, solos los dos, sus enormes ojos rojos, inyectados de furia asesina, es algo difícil de olvidar…". También Plata, su noble y fiel caballo, conoce de la fiereza del bagual. Alguna vez, sorpresivamente saltó desde la espesura del bosque para embestir con inimaginable saña, solo la habilidad de Don Cata, les salvó aquella vez.


Paso de las Lagunas

No se trataba de alusión genérica a los baguales, claramente se refería a uno en especial, un muy enorme y furioso toro bagual que recorría los bosques del lugar, el mismo animal que insolentemente había declarado como sus dominios exclusivos toda la extensa zona entre los ríos Azopardo y Lapataia. "El paso de las Lagunas es su lugar favorito para atacar, ahí no hay bosque en donde guarecerse así es que deben cruzar con mucha cautela, mañana les acompañaré hasta el portezuelo que existe más allá del río Fontaine, a partir de ese punto estarán solos en el dominio del gran bagual…".

Dicho esto, se levantó súbitamente de su asiento, y dio por terminado el relato, nosotros quedamos mirándonos sorprendidos. Jamás en nuestra planificación, estuvo comprendido algún análisis de peligros de este tipo, inimaginable hubiese sido solo pensar en que no era el terreno, el clima, o los ríos, los peligros objetivos del cruce. Era en cierto modo inaudito caer en la cuenta ahora, a mitad de camino de la expedición, que enfrentábamos un peligro objetivo de esta naturaleza. Pronto nos retiramos a dormir, no fue fácil, la conversación se extendió largamente discutiendo acerca de cómo, una persona, con su mochila al hombro, y a campo traviesa, cuyas únicas armas, son un par de bastones o un piolet, hace frente a la furiosa embestida de un animal de ochocientos kilos. Esa noche, no hubieron precisamente ovejas en nuestros sueños.


Yendegaia

Al día siguiente, continuamos nuestra marcha rumbo a Yendegaia. Tal como lo había prometido don Cata, nos acompañó hasta aquel portezuelo desde donde se apreciaba casi por completo el formidable cajón del río Toledo. Allá lejos, donde la vista se perdía al oriente, a unos tres o cuatro días de marcha se adivinaba el paso hacia los cajones cordilleranos que conducirían al valle de Lapataia. Previo a despedirse nos recomendó extrema cautela y mantener la cota en el cerro, ni muy abajo para caer en los campos inundados por los castores, ni tan arriba para enredarse en los bosques aparragados. Lo vimos alejarse lentamente, hombre formidable en tierra formidable, conocerlo fue grande privilegio.

Nunca vimos al gran toro negro de ojos rojos, sentimos sí, permanentemente su presencia mientras avanzábamos hacia el sur, estamos seguros que muchas veces nos observó atento. Para nuestra fortuna nunca apareció, probablemente olfateó nuestro miedo y determinó que no éramos dignos adversarios, pusilánimes e insignificantes hombres urbanos de paso, eso y nada más. El contrincante verdadero, ese que jamás temor demostró, el perseguidor implacable, el único digno de enfrentase a su furia, era aquel campañista a quién apodaban don Cata.

El tiempo nos permitió entender que Don Cata y el gran bagual negro, se profesaban mutuo y solemne respeto. Hombre y bestia se reconocían como últimos poseedores del indomable espíritu de Tierra del Fuego, la muerte de uno, significaba la muerte de ambos, por eso tantas veces el rifle falló o la cornamenta esperando por sangre fresca quedó.

Desde aquella vez, he viajado muchas veces a esta maravillosa tierra, siempre dicen que es imaginación mía, que aquel poderoso bramido que escucho, es solo el viento, callo y nada digo, no tengo dudas, es el gran bagual, está allá en los montes, sus eternos dominios, desafía al campañista, honorable rival como el que nunca habrá más.


Fragmento de la bitácora de viaje a Tierra del Fuego. Cruce terrestre desde Pampa Guanacos a Bahía Yendegaia. Febrero de 1994.





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